La reina de la tecnocumbia se confiesa: el retorno a los conciertos, su mala experiencia en los mítines políticos, el COVID-19 y más

“Me contaron que una vez, hace ya varios años, le hicieron escuchar mi voz a Ana Gabriel en el tema Amor prohibido y ella dijo: “Oye, sí, esa chava se parece un poco a mí””, recuerda entre sonrisas , la mujer que convirtió su canto en instrumento fundamental de la tecnocumbia con la que extendió su reinado entre fiestas, yunzas, pachamancas y conciertos, en costa, sierra y selva, allá por los años 90, y con la que demuestra aún su vigencia inextinguible y la pasión que vibra en ella. “Eso fue halagador para mí. Luego tuve que dar una conferencia de prensa en México para explicar que el tema “Nunca pensé llorar” no lo cantaba Ana Gabriel en cumbia, sino yo”, recuerda con buen ánimo la artista, que lleva en sus venas la sangre de una madre sullanense y un padre maldonadino, igual que ella, y que confiesa que, en realidad, es un honor que la comparen con la cantante mexicana. Pero Rossy, a punta de esfuerzo y talento, ha construido su propio nombre, lo ha visto colorido en los carteles, brillando en las marquesinas, protagonizando el escenario ante miles de personas, siempre acompañada del genio musical de Tito Maury, su esposo y compañero de vida. Él, en agosto del 2020, pasó días duros a causa del COVID-19, pero logró salir adelante.

En la siguiente entrevista, Rosa Aurelia Guerra Morales nos cuenta cómo supero este momento difícil, de qué modo vive el reencuentro con el público, cómo siente los nuevos sonidos de la cumbia, el recuerdo de sus orígenes y también el de aquellos días incómodos, a fines del siglo pasado, cuando su aparición en mítines fujimoristas alejó a un número significativo de sus seguidores.

—Rossy, esta presentación en Selvámonos ¿Significa, de algún modo, un regreso, un relanzamiento, un reencuentro?

Yo creo que un poco de las tres cosas (risas). Será ante un público, sobre todo joven, que siempre ha escuchado de mí, pero muchos no me vieron nunca porque eran muy niños. Ellos conocieron mi música a través de sus padres. Es un relanzamiento, también, porque estamos terminando de reactivar nuestro trabajo presencial. Arrancamos en noviembre, de a pocos, presentándonos en Juliaca, Puno o Arequipa. A fines de ese mes fuimos a Brasil y el reencuentro con ese público fue maravilloso, muy emocionante. No me imaginaba la afluencia de gente o que se supieran todas mis canciones. Luego, en enero, nos tocó ir a Ecuador y Colombia, donde vivimos algo similar. Soy de carne y hueso y me conmuevo mucho. Creo que soy muy bendecida por Dios, porque sigo en los corazones de mucha gente y creo que eso a cualquier artista le emociona.

—¿A qué atribuyes esa permanencia?

Creo que es por cada una de las letras de las canciones, y también por la forma en que puedo llegar al público cuando las interpreto. Me adentro mucho en ellas y las vivo, y creo que eso logro transmitirlo al público y, por supuesto, el contenido, con letras que, en muchos casos, tratan del amor en sus diferentes etapas. Eso ha hecho que sobrevivan en el tiempo.

—Noto que conservas tu voz tal cual sonaba en los 90. ¿Cómo la cuidas? ¿Cómo te preparas para un concierto?

Hago gárgaras de vidrio (risas). No, no, la verdad, estoy súper agradecida con Dios, porque todavía tengo el don que me dio. Te diré que lo único que hago es no tomar nada helado, ni con hielo, nada, porque me afecta. Así sea en verano. Y antes de entrar al escenario caliento, hago trabajos vocales para calentar mis cuerdas y estar lista para cantar.

—¿Nada helado? ¿Ni una cervecita?

Sí, sí, claro que sí, pero nada helado (risas). Me gusta la cervecita negra, pero solo al tiempo, nada helado.

—Recuerdo que, en el principio de tu carrera, no faltaron las comparaciones con Ana Gabriel, por el parecido en sus voces. Además, cantaste una canción suya. ¿Has tenido la oportunidad de conocerla o encontrarte con ella?

Mira, la verdad, muero de ganas de conocerla. Desde que me empezaron a comparar con ella, empecé a indagar, a escucharla, y me encantó, me gustan las personas que cantan enérgicamente y con fuerza, porque me gusta también hacerlo así. Empecé a seguirla y tuve la oportunidad de poder estar a su lado. No recuerdo bien en qué año fue. Yo había conocido a Juan Gabriel aquí, tras un concierto suyo. En un acto increíble para mí, me invitó a una lunada que él hacía por su cumpleaños, un 7 de enero. Iban varios de sus amigos artistas más queridos y cercanos, y Ana Gabriel iba a estar ahí. Yo estaba feliz, encantadísima, mandaron hasta los pasajes. Finalmente, ya no sé si fue por los nervios o qué, pero me puse mal y me enfermé. Además, desde antes de Año Nuevo y toda esa semana tuve también varios conciertos seguidos, me amanecí cantando. Exageramos un poco y llegó un momento en el que no podía ni hablar, me afectó mucho. Entonces, tuvimos que llamar y disculparnos y no viajamos. Ahora digo que hubiera ido coja, por último. Perdí esa oportunidad que, te juro, hasta el día de hoy me arrepiento de eso. Pude haber conocido a Ana Gabriel o cantar con ellos ahí. Aún me encantaría conocerla y poder hacer un dúo con ella. Ojalá diosito me haga el milagro.

—¿Qué tan fuerte te hace tu relación con Tito Maury y con tu familia? Sé que no la pasaron bien durante la pandemia. Sobreponerse debe haberlos unido más…

Sí, definitivamente, si hay algo bueno que tengo que rescatar de lo malo de esta pandemia es eso, que nos ha unido más como familia, nos hemos integrado mucho más y creo que esto nos ha dado mucha fuerza para poder seguir adelante y, además, tener más fe de la que ya teníamos, confiar más en Dios. Siempre he pensado que la unión familiar es la base del éxito y ahora lo hemos confirmado. Creo que, en cualquier profesión, no puedes tener éxito si la familia está mal. No entiendo, no veo cómo podrías hacerlo. Fama, de repente podrías tener, porque famoso es cualquiera. Pero éxito, para mí, es eso: una vida buena en unión familiar. En agradecimiento a Dios estamos preparando varios temas dedicados a él, como parte, justamente, de un proyecto familiar por las bendiciones recibidas.

—Sé que, como en el caso de otros artistas, tus inicios no fueron fáciles. ¿Cuál fue la convicción interior que te hizo permanecer en la música a pesar de todo?

Primero, las ganas y el ímpetu de mi esposo Tito. Él tenía una meta, él quería que todo el mundo escuche mis canciones, que la tecnocumbia que estaba haciendo guste y que guste cómo yo la cantaba, con los arreglos que él había hecho. Sufrió mucho al comienzo, porque salió a las disqueras a ofrecer nuestro trabajo y le decían “No, esa música no va a pegar”, “Cambia de cantante”, “El ritmo es muy lento”. Él volvía un poco decepcionado, salía molesto, pero decía “Algún día me van a rogar”. Confiaba mucho en nosotros. Yo me moría de ganas de cantar, porque lo hacía con mi papá en Puerto Maldonado desde los 5 años, pero Tito tenía la convicción más firme que yo. Cuando ya lo veía tan preocupado trataba de consolarlo y darle ánimos. Hasta que un día se dio la oportunidad y no aquí, sino con la disquera Claridad en Chile. Con los CD que nos dieron nos movimos en las radios de provincias y al tiempito nos enteramos de que en Lima éramos número 1 en una radio. Fue algo increíble, en verdad. Esas ganas de Tito me contagiaron y me animó. Y cuando ya nos hicimos conocidos yo, realmente, no lo podía creer.

—Partiendo de tu estilo para interpretar, ¿Puedes decir que la cumbia, más que un género musical, es para ti un sentimiento?

Sí, porque la música es mi pasión. Empecé a cantar a los 5 años. Escuchaba a mi padre cuando iba a cantar a las peñas y cuando ensayaba. Y cantaba sus canciones con gran sentimiento. Empecé con rancheras, igual que él, así que sentía ese sentimiento fuerte. La canción que oía, la hacía mía. ¿Te imaginas? Tan pequeña y cantaba: “Una copa con vino y veneno por error criminal del destino” (risas) o “Yo también soy la hija de nadie, solo cuento con un apellido” (Rossy canta y recuerda), y hasta mi lágrima se me salía, porque en algún momento, mientras cantaba, pensaba de verdad que no tenía papá. Y cuando mi papá me llevaba cantar a las peñas, me compadecían al interpretar esa con tanto sentimiento. “Pobrecita, no tiene papá”, me decían. Pero yo sí tenía papá, estaba ahí con él (risas). Pasaba que yo transmitía lo que sentía sin darme cuenta. Eso me ha ayudado a interpretar las canciones con la fuerza de cada letra. Me aprendía la canción que me gustaba y la disfrutaba. Creo que eso me ha ayudado mucho a entender la música, a sentirla en mis venas. Yo nací con la música en la sangre, porque la siento, porque me gusta. Y no es solo la tecnocumbia, que nunca me imaginé hacer. Yo quería cantar baladas o rancheras, pero aprendí a transmitir sentimiento con ese ritmo, gracias a esas otras influencias.

—¿Cómo fue para ti ser mujer en una escena musical esencialmente protagonizada por hombres?

Sí, fue difícil, porque yo escuchaba comentarios de algunos que decían que conmigo no iba a pasar nada, como que una cantante mujer no la iba a hacer, o expresiones de “¿Mujer? Ah, sí, ok”. No había ningún interés. Era muy machista todo. Así nomás no realzaban que una chica cantara con su grupo o banda. Pero ya luego de un tiempo, después de verme actuar, comenzó el respeto y ya podía “codearme” con ellos (risas). Más tarde comenzaron a salir grupos de chicas y fue genial.

—Ahora que me has hablado de las rancheras, tu look recuerda en algo a la cumbia tex mex, que representaba también Selena. ¿Qué tan cierto es esto?

En realidad, eso fue casual. Porque mi look lo armé desde pequeña, buscando cositas en un baúl de ropa que tenía mi mamá. Cuando estábamos en Puerto Maldonado había cosas que ella no podía usar ahí, como guantes, botas, sombreros, chalequitos. Recuerdo que un día, cuando tenía unos 7 años, abrí el baúl, encontré esas cositas y me las fui poniendo. Un sombrerito con filos blancos, unos guantecitos negros, un shortcito de licra y botas bajo la rodilla. Ya bien puesta agarraba una escoba como micrófono, me paraba frente al espejo y me alucinaba ya en un escenario y me ponía a cantar sin poder imaginarme que se haría realidad. Con el paso de los años, cuando ya empezaba, fui con mi hermana a Gamarra a comprar cositas similares, aunque entonces solo compré unas medias largas, hasta la rodilla, con zapatos de charol negro, porque las botas estaban muy caras (risas). ¡Pero de lejos sí parecía que tenía botas! (risas). Comencé a actuar usando vinchas para reafirmar mi identidad selvática, pero un día, en Pisac, alguien del público me puso un sombrero negro en la cabeza y pensé inmediatamente que había completado el look. Fue un hallazgo. Luego empecé a colgarme los collares y rosarios que me regalaba el público. Usaba tantos que me pusieron “La Mario Baracus de la tecnocumbia” (risas). Yo los usaba porque era como tener puesto el cariño del público. Y todo el look coincidió, además, con que a mí me encantan las rancheras.

—Considerando lo que se vivió en los 90 y la polarización actual, ¿Volverías a participar en mítines de apoyo a un candidato determinado? ¿Cómo recuerdas aquella experiencia?

No, no, no, no. Te cuento, Ricardo, que me han ofrecido buen billete, y además me han dicho “Te vamos a ayudar a limpiar tu imagen, apóyanos a nosotros, porque con esos de allá tu imagen se ha ido por el piso”. Les digo “Muchísimas gracias, pero no, déjenme mi imagen como está”. Ahora ese señor está preso también. ¡Imagínate quién me iba a limpiar la imagen! (risas). La política para mí, toda, es cochina. Que me disculpen algunos que realmente son buenas personas o buenos políticos, pero yo ya no creo en nadie, para mí todos son malos. En política no me volvería a meter para ir cantar, me quedó claro.

—A raíz de esto dejaste un poquito la música, te dedicaste a tu familia…

Bueno, más que nada salimos a trabajar en el extranjero, donde nos contrataban. Y sí pues, nos hicieron quedar mal metiéndonos en cosas en las que no estábamos nosotros. Pienso que fuimos utilizados y, la verdad, te juro que, a raíz de eso, yo no creo en nadie. Mira todos los años que hemos pasado y vemos nuestro querido Perú cómo está. No, definitivamente estoy lejos de todo eso. Cada tanto tiempo me vienen a hablar de diferentes partidos, pero la respuesta es la misma: no quiero tener nada que ver con la política.

—¿Cómo ves la escena actual de la cumbia?

Veo muchos jóvenes que están haciendo fusiones muy interesantes. Creo que va a seguir evolucionando y mejorando porque hay muchos jóvenes con ideas maravillosas. He visto su talento, el gusto que le ponen a lo que hacen. Hace poco hice un feat. con Bareto y me gustó mucho, son chicos que le ponen pasión y trabajan arreglos diferentes. Ahora en junio lanzaré otro dúo, esta vez con Desiré Mandrile. Me encanta lo que hace, tiene una voz preciosa, su fusión y las cosas que hace me fascinan. Es un honor tremendo hacer este feat. con ella. Dentro de poco también lanzaré “Simplemente amigos”, de Ana Gabriel, que estamos terminando de producir.

—A estas alturas, convertida ya en reina indiscutible de la tecnocumbia, ¿Qué crees que es lo que le falta a tu carrera?

Creo que, definitivamente, nunca se termina de aprender o crear cosas nuevas. Yo todavía estoy aprendiendo muchas cosas, a pesar de que he aprendido muchas en este camino, pero siempre hay algo nuevo que me sorprende y me gustaría saber. Así que es eso lo que quiero: seguir aprendiendo.

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