¿Cómo es la vida en Bogotá de Andrew Loog Oldham, el manager que descubrió a los Rolling Stones?

La vida le enseñó al joven y ambicioso Andrew Loog Oldham que cualquier historia tiene tres versiones: la suya, la mía y la verdad. Cuando descubrió en un suburbio de Londres, en mayo de 1963, a unos desconocidos llamados The Rolling Stones, supo que las tres versiones de su historia en el rock’n’roll serían un sueño cumplido y que su futuro brillaría con la verdad de la música.

Fue así como a los 19 años, el hijo de una viuda de la Segunda Guerra Mundial, llamada Celia Oldham, y de un piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, cuyo avión fue derribado en el canal de la Mancha, le tomó al menos veinticuatro horas de ventaja al resto del mundo para conocer a la que sería con el tiempo una de las bandas más influyentes y longevas del rock.

Shakira protagoniza la edición #137 de la Revista BOCAS

Foto:Revista BOCAS Edición #137

La suerte y sus coincidencias permitieron que Oldham estuviera presente en los inicios de la mitología pop. A mediados de los años 60, la generación que se despidió en Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial festejaba que Mary Quant –creadora de la minifalda y los pantaloncitos calientes– les dijera a las mujeres: “Sé tú misma, libérate”.

Tres años antes de que Oldham descubriera a los Rolling Stones trabajó en la boutique de Quant decorando las vitrinas, paseando a los perros de las modelos, sirviéndoles trago a los periodistas –“lo que me enseñó que el licor puede imprimirse”, recuerda en Stoned, el primero de los tres tomos de su autobiografía, a los que siguieron 2Stoned y Stone Free–, aprendiendo a los 16 años sobre las veleidades de la fama, la moda y el dinero en un lugar “donde las tazas de té eran delgadas y las alfombras gruesas”. Las noches las pasaba en un club de jazz, el Ronnie Scott’s, donde recibía los abrigos en el guardarropa, ubicaba a la gente en sus asientos, les traía comida a los clientes de un restaurante hindú que estaba al frente del club y escuchaba a Dizzy Gillespie y Thelonious Monk.

Thelonious Monk

Foto:Cortesía Jazz Foundation of America.

Aparte de Mary Quant y el Ronnie Scott’s, Oldham continuaba en las horas de trasnoche en el Flamingo, a una calle del Scott’s, un club donde preparaba hamburguesas con la esposa del dueño, camuflaba whisky en botellas de Coca-Cola porque no tenían licencia para servir licor y estaba atento a que un personaje llamado Gypsy Larry le avisara si la policía rondaba por el vecindario.

Dormía entonces cuatro o cinco horas, su madre protestaba porque había hecho de su casa un hotel y Oldham vivía encantado con la plenitud de su vida.

También trabajaría con un grupo que a principios de los años 60 empezaba a conocerse en Inglaterra, los Beatles, de quienes hizo la publicidad de su primer sencillo, Please Please Me, cuando su productor, Brian Epstein, contrató a Oldham para que lo promocionara en Londres. En 1965 se asoció con el mánager y empresario Tony Calder para fundar un sello independiente, Immediate Records, que duró apenas cinco años.

BBC Mundo: The Beatles

Foto:Getty Images

Su trabajo como productor de los Stones –un oficio que fue aprendiendo en la marcha para que los periódicos escribieran sobre ellos, los invitaran a programas de televisión, tocaran en conciertos y, por supuesto, grabaran discos–, definió su destino con elepés esenciales y legendarios como su primer álbum, publicado en 1964, que Oldham se atrevió a lanzar sin el nombre del grupo en la carátula, presentándolo únicamente con una fotografía en la que sus integrantes miraban por encima del hombro al mundo, con una actitud desafiante, confirmando de una manera sombría la frase con la que el periodista Ray Coleman, de la revista Melody Maker, tituló el mismo año una entrevista con los Stones, aprovechada luego por Oldham: “¿Dejaría a su hermana salir con un Rolling Stone?”.

El misterio fue rentable: el disco alcanzó el número uno en las listas de popularidad de Inglaterra durante doce semanas, desplazando a un honroso segundo lugar a los Beatles. Empezaría una historia en la que produjo otros discos: Out of Our Heads (1965); Aftermath (1966); Between the Buttons (1967), además de la explosión rabiosa e inconforme de una generación con (I Can’t Get No) Satisfaction o con canciones que hacían del sexo un tema explícito que escandalizaba a las buenas conciencias cuando escuchaban Let’s Spend the Night Together –que certificaba la satisfacción de los amantes–. Una historia que terminó luego del juicio por el que acusaron en 1967 a Mick Jagger y Keith Richards de posesión ilegal de drogas: el temor que le produjo a Oldham la persecución judicial durante la crisis lo distanció del grupo, que resintió su ausencia durante el proceso, hasta que su relación se quebrantó y el sueño de los años 60 empezó a transformarse.

En Londres en 1974, se enamoró de la actriz y modelo colombiana Esther Farfá

Foto:Pablo Salgado

Viajó a Estados Unidos para alejarse del escándalo y recuperar su salud mental. Controlaba sus crisis nerviosas con las terapias de electroshock que había empezado a tomar los fines de semana durante el ajetreo del Swinging London –llamado así por la intensidad que animó a la ciudad con el rock, el sexo y las drogas–. Vivió un tiempo en Connecticut, se mudó a Detroit, después se trasladó a Nueva York y en un viaje de negocios que hizo a Londres en 1974 tuvo un trance casi hipnótico cuando en el palco de un teatro se fascinó con el cuello de la actriz y modelo colombiana Esther Farfán. “Tan simple como eso”, recuerda en su apartamento al norte de Bogotá.

La seducción fue inmediata y le descubrió un país que hasta entonces no estaba en su radar. Sería entonces, bromea Oldham, “el mono en el trópico”; donde se ha escapado durante cincuenta años de los inviernos londinenses; en el que acaba de cumplir ochenta como si hubiera practicado a lo largo de su vida lo que dijo Oscar Wilde sobre el alma: nace vieja, pero crece joven; un lugar en el que recuerda que “así como Brian Epstein existió para darnos a los Beatles, mi destino fue darle al mundo los Stones”.

La actriz y modelo colombiana Esther Farfán, esposa de Andrew Oldham, protagonizó el primer desnudo en pantalla en una producción cinematográfica colombiana, Amazonas para dos aventureros (1974).

Foto:Archivo EL TIEMPO

Un destino que terminó de repente cuando se retiró del grupo…

Hacía sueños, no dinero. Los Stones cumplieron sus sueños y necesitaban otro productor, alguien que les diera dinero. Esa persona fue Allen Klein, que también trabajó con los Beatles.

Y usted no estaría acá si no hubiera abandonado a los Stones en 1967 y si no hubiera quebrado Immediate Records…

Me estaba protegiendo por lo que sucedió con los Stones y por lo que sucedió con Immediate Records, que sólo había funcionado a un nivel superficial, pero me permitió continuar –¡y necesitaba la energía de algo que me permitiera continuar, pues abandoné al segundo grupo más exitoso del mundo y hasta que tuve 28 años no había tenido que enfrentar la realidad!–. Entonces empecé a tomar los fines de semana tratamientos de electroshock, desde que dejé de trabajar con los Stones hasta principios de los años 70, cuando me fui a vivir a Estados Unidos, a Connecticut, sin saber muy bien qué estaba haciendo allí, en un lugar en el que me advirtieron que si me ponía unas botas de cocodrilo y usaba abrigos largos, típicos de los negros, al estilo de Marvin Gaye, alguien me podía disparar en el vecindario blanco donde vivía por parecerme a un negro. Estados Unidos era entonces lo que es hoy en día.

Pero su generación estaba acostumbrada a los campos de batalla…

¡Afortunadamente!

¿Fue difícil crecer en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial?

Si hubiera sido fácil, la historia habría sido otra, aunque no supiéramos mucho de la Segunda Guerra Mundial porque los padres de esa generación eran estoicos y silenciosos y no hablaban mucho de la guerra, lo decían todo con la mirada, sin quejarse, sin dar explicaciones. Mi madre simplemente vivía. Así que asumimos el “sufrimiento” con el silencio estoico de nuestros padres.

¿Refugiándose en los cines para escapar de la realidad durante su adolescencia?

El cine fue una manera de reafirmar mi realidad porque las películas son un apoyo para las locuras de los chicos. Lo único que me ayudaba a vivir cuando tenía nueve años era ir a la escuela como si estuviera en una película en la que yo era el protagonista, el director y el guionista. Me daba la energía suficiente para enfrentar el día porque era el marginal, al que consideraban el tonto y el debilucho, sin que yo entendiera por qué me golpeaban.

¿Y la música? ¿También la descubrió en el cine?

Vi varias veces Expresso Bongo y The Girl Can’t Help It, una película que me encantó por tres cosas: Gene Vincent, Eddie Cochran y Little Richard. ¡Qué humor para burlarse de lo que sabría después que era la realidad de la música controlada por la mafia que tenía el negocio de las rocolas en Canadá y Estados Unidos, pues si los discos de un artista no estaban en las rocolas, ese artista no era nadie porque las rocolas eran como la radio para promocionar la música! Y los clubes también los controlaba la mafia, que protegía o destruía cantantes como Frank Sinatra y Tony Bennett. Así que los músicos que no le pagaban a la mafia no podían estar en el negocio. 

¿Quién controlaba el negocio en Inglaterra?

Oldham y Farfán vivieron en Nueva York un tiempo y en 1984 se mudaron indefinidamente a Bogotá, donde han vivido desde entonces en una casa en Chapinero.

Foto:Archivo EL TIEMPO

Otra mafia: el gobierno representado por la BBC. Tenían una ley por la que el 50 por ciento de la música que se transmitía por la radio era con discos, mientras que el otro 50 por ciento tocaba una orquesta en vivo. ¡Pero podíamos escuchar Radio Luxemburgo, que transmitía a las nueve de la noche música pop de Estados Unidos!

¿Elvis Presley?

¡Su magia! Fue una sorpresa escuchar canciones como Heartbreak Hotel en los años 50, cuando éramos tan jóvenes que nadie tenía dinero para ir a un hotel y aún no teníamos el corazón destrozado. Así que combinar estas dos palabras, heartbreak y hotel, fue mágico, pues, como le dije, en Inglaterra no se sufría o no se admitía el sufrimiento. Y, de repente, aparecieron los Beatles.

Y su productor, Brian Epstein.

Un judío gay que vivía en Liverpool y que estaba enamorado de John Lennon, pensó que podía hacer algo con los Beatles y, sencillamente, lo hizo. Alguien al que conocí en un programa de televisión en el que se presentaban los Beatles, un par de semanas antes de que yo cumpliera 19 años, y al que le dije que me gustaría trabajar con él. Mark Levinson, un experto en los Beatles, me contó que a Epstein, cuando vivía en Londres con una de sus tías y tenía 22 años, lo arrestaron en un parquecito donde trataba de ligarse a un hombre. “¿No sabía que Epstein hubiera vivido con una de sus tías?”, le dije a Levinson.

La vida antes y después del rock.

¡El rock cambió todo! Como las baladas: sus melodías se repiten tantas veces que terminan por lavarle el cerebro a la gente. Antes de los años 60 no era frecuente escuchar vulgaridades en los pubs, pero con el rock sería frecuente escuchar que la gente dijera fuck you.

¿Qué significaron para su generación los Stones y los Beatles?

¡Una esperanza! ¡Un ejemplo de lo que pueden ser la vida y las grandes canciones!

¿Y la prensa aprovechó para escribir sobre esos cambios comparando a “los muchachos decentes” que eran los Beatles con los “animales escapados de la jaula” que eran los Rolling Stones?

Era terrible. Como decirle a alguien que nos gusta por lo que no es. Cuando me decían que los Stones eran lo opuesto a los Beatles y que por eso podían ser famosos, que el grupo no era bueno por lo que era sino por lo que no era, me parecía un insulto porque ellos eran auténticos. Mick, Brian y Keith eran tres tipos distintos y muy atractivos a los que unía la música. Algo que no había visto antes. Siempre me acreditan de manera equivocada que yo fui el que hice a los Rolling Stones, que les di una apariencia desagradable. ¡No! ¿Cómo podría decirles a los Stones que serían grandes por ser opuestos a los Beatles? ¡Pura basura! En la historia del rock hay dos tipos de personas: las que estuvieron ahí y conocen la verdad, y las que escriben al respecto para ganarse la vida. Y las que no estuvieron suponen que presenté a los Stones como el grupo opuesto a los Beatles.

NYT: Mick Jagger, de 80 años, dijo que presionó a los Rolling Stones para grabar un nuevo álbum. Sale en octubre.

Foto:Thea Traff para The New York Times

¿Atractivos a pesar de que alguien le hubiera dicho que Mick Jagger tenía neumáticos en vez de labios?

Si a mí me gustaba Jagger, creía que al mundo también le gustaría Jagger, porque un productor debe sentirse parte del público para saber cómo se comporta. Y al principio la gente quería a Mick porque era alguien confiable.

¿Cómo lo definiría?

Como un sobreviviente más que competente.

¿Y qué tan confiable era Keith Richards?

Marlon Brando decía que todos somos actores. Y Keith es un actor. ¡Tiene que serlo! Algo que yo no soy porque tengo el privilegio de vivir en Colombia y no tengo que hablar con mucha gente, mientras que Keith tiene que ingeniárselas para no tener que responder a todas las preguntas estúpidas que puedan hacerle porque, de lo contrario, enloquecería. Pero hay un momento en la vida en el que la gente empieza a repetirse porque se le acaban los trucos. El único que trata de mostrar que siempre tiene trucos nuevos es Keith Richards. La última vez que hablé con él, en marzo o abril del año pasado, estaba en su oficina y su mánager me dijo que lo llamáramos. Me sentí como si le hablara a Charles Bronson: nada era real porque no quiso presentarse conmigo como alguien real. “Oh, Andrew”, me dijo, “no sabía que estabas por acá; llámame la próxima vez y vienes a casa”. ¡Por supuesto que sabía dónde estaba! ¿Para qué enfrentarse con la falsedad y con la imagen que tiene de sí mismo, una imagen de la que tendríamos que olvidarnos para tener una conversación sincera? ¿Sabe por qué se ríe todo el tiempo? Porque tiene una dentadura nueva. ¿A cuántas personas conoce que tengan ochenta años con una dentadura de alguien de cuarenta? En realidad, no importa. Ese es el talento de un buen productor: abrirle puertas a la gente; mostrarles quiénes pueden ser si se supone que son esas personas. Así que muéstrele a la gente quiénes son y ellos se convierten en eso. 

Andrew Oldham en BOCAS

Andrew Oldham en BOCAS

Foto:Pablo Salgado

¿Cómo le pareció su autobiografía?

James Fox, el escritor que colaboró con Keith Richards en Life, contratándolo porque también tocaba la guitarra y esto impresionó a Keith, me entrevistó advirtiéndome que él le había dicho que hablara con todo el mundo, que escuchara su versión de la historia, y que decidiría lo que le gustaba o no. Dos o tres años más tarde Keith aceptó el premio Mailer que le entregó el presidente Bill Clinton en la categoría de Biografía Notable. Me pregunto durante cuánto tiempo hemos disfrutado de libros que la gente no ha escrito.

Vida, la autobiografía de Keith Richards

Vida, la autobiografía de Keith Richards

Foto:Fernando Gómez

¿Y Charlie Watts, el baterista discreto y tranquilo de los Stones, tan relajado que alguna vez dijo: el día que mis tambores exploten será nuestro último concierto?

Charlie era distinto. Nunca hizo de su vida un estúpido misterio. Alguna vez, en los años ochenta, estábamos en Nueva York y me dijo: “¿Sabes que nunca me importó lo que tocara el grupo? Solamente escuchaba lo que yo tocaba”. Y como no le importaba lo que tocara el grupo, hizo de su música algo mágico, porque no tocaba para complacer a los demás sino para complacerse a sí mismo. Al fin y al cabo, el baterista tiene que ser el diferente del grupo si quiere que la cosa funcione. Esa es la diferencia entre un baterista del montón y ‘el’ baterista.Charlie era distinto. Nunca hizo de su vida un estúpido misterio. Alguna vez, en los años ochenta, estábamos en Nueva York y me dijo: “¿Sabes que nunca me importó lo que tocara el grupo? Solamente escuchaba lo que yo tocaba”. Y como no le importaba lo que tocara el grupo, hizo de su música algo mágico, porque no tocaba para complacer a los demás sino para complacerse a sí mismo. Al fin y al cabo, el baterista tiene que ser el diferente del grupo si quiere que la cosa funcione. Esa es la diferencia entre un baterista del montón y ‘el’ baterista.

Una de las presentaciones de vinilo doble del baterista de los Rolling Stones en su faceta como músico de jazz

Foto:BMG

¿Cuál es para usted el álbum más influyente del grupo?

Hot Rocks, la recopilación de sus grandes éxitos.

¿Y su disco más reciente?

Elton John me dijo hace un par de años que Andrew Watt, su último productor, trabaja ahora con Mick Jagger. Cuando salió el último disco de los Stones, Hackney Diamonds, que todo el mundo piensa que es maravilloso y original, me di cuenta de una sutil diferencia en el sonido. Los fans de los Stones creen que es especial: “¡Oh, están de vuelta!”. Pero la razón es que Watt toca las canciones de los Rolling Stones mucho mejor que los Rolling Stones. Por eso en este disco él escribió las canciones con los Stones, porque conoce la música de todo el mundo. ¡Tanto que puede tocar las partes de Keith Richards mejor que Keith Richards! Entonces, ¿para qué trabajar tan duro? La compañía discográfica les pagó la misma cantidad de dinero sin pensar si el público de hoy en día compra más discos que antes y todos quedaron felices. Nada cambia.

¿Y usted, como productor, ha cambiado?

Antes yo era cuestionable, ahora soy inevitable. Si usted ve en perspectiva lo que sucedió en la Inglaterra de los años 60 con los Beatles, los Stones, The Who, nosotros fuimos los responsables y nadie puede cambiar lo que resultó. Desde que Phil Spector y Bob Crewe me enseñaron que los productores deben ser los dueños de los discos y no la compañía discográfica, supe cómo era el negocio, pues si la compañía paga por el disco, ellos son los dueños, pero si es usted el que paga, usted es el dueño del disco. ¡Gracias a Dios todavía no existía Spotify! ¡Los derechos habrían sido entonces del 000000 por ciento! Y somos tan responsables de lo que vendría después que los éxitos comerciales del año pasado fueron los Beatles y los Stones. Han pasado sesenta años desde que vi por primera a los Rolling Stones, vivo en Colombia y sería muy aburrido esperar a que sonara el teléfono porque alguien quiere utilizar una canción del grupo para un comercial de televisión en Holanda. 

Un país al que llegó cuando tenía treinta años después de atravesar como un meteorito el universo del pop.

¡Todo empezó por el cuello de Esther Farfán en el palco de un teatro de Londres! Vivía en Nueva York y tuve que ir a Londres por asuntos de negocios. La obra que presentaban se titulaba, irónicamente, John, Paul, George, Ringo… and Bert. Cuando terminó, salí del teatro con ella y el resto es historia.

Una historia que continuó, después de Londres y Nueva York, en el Festival de Cine de Cartagena.

La primera vez que vine a Colombia fue en 1974. Al año siguiente decidí quedarme. Mi vida en Nueva York se parecía a una película de Woody Allen. Tenía alquilado un apartamento en Manhattan, que pertenecía a la viuda de uno de los hermanos Marx. Pero me importó un comino, además porque no tenía a una Mia Farrow conmigo. Así que le llegué de sorpresa a Esther en Cartagena durante el festival de cine, pero tuve que aterrizar en Barranquilla. El piloto me acompañó hasta el taxi y le dijo al chofer que no se aprovechara de mí, que yo no era un gringo. Nos fuimos entonces con una caja de cerveza a Cartagena, adonde llegué a las cuatro de la mañana, y me alojé en el Hotel Caribe. Cuando encontré a Esther no la dejaron quedarse conmigo en el hotel porque no estábamos casados, así que yo me quedé en el suyo. 

¿Lo sorprendió Cartagena?

Sí. Me pareció muy raro ver a la gente sentada alrededor de un patio sólo para conversar. Me encantó, pero me pareció muy extraño. Y otra vez que visité la ciudad, muchos años después, con mi hijo Max, que entonces tendría veinte años, la gente nos ofreció habitaciones para alquilar creyendo que éramos amantes. Todo era sorprendente para mí.

¿Y Bogotá?

Para mí ha sido una ciudad muy instructiva. Una vez un tipo me gritó en un club: “¡Hey, inglés!” –porque nunca me llamaban por mi nombre–, “¡si usted es de la DEA lo mato!”. También recuerdo a un mafioso que me dijo, cuando le pregunté por qué vivía en el segundo piso de un edificio y no en un penthouse, que no podía saltar de un penthouse. Como fue instructivo que en una fiesta quisiera fumarme un varillo y la gente me dijera que eso estaba mal visto porque la cocaína, que no había probado nunca antes de venir a Colombia ya que en Europa era pésima, socialmente era más aceptada mientras que la marihuana era algo barato, como si fuera cerveza. Sí, Bogotá ha sido una ciudad muy instructiva.

¿Aparte de Esther, qué le atrajo del país?

El anonimato que podía tener acá. No era famoso en Colombia, no tanto como Esther por Amazonas para dos aventureros y Esposos en vacaciones. Ella era como Brigitte Bardot en los años 70. Pero en los años 80 el mundo empezó a ser uno musicalmente con MTV. Así que fue maravilloso disfrutar hasta entonces de mi anonimato.

Andrew Oldham en BOCAS

Foto:Pablo Salgado

Y ha seguido trabajando como productor tanto en Colombia como en Argentina…

Sí, fui productor de Compañía Ilimitada en Colombia y de Los Ratones Paranoicos en Argentina. También trabajé con alguien de un talento fascinante: Charly García. Una vez fuimos a un club en Estados Unidos donde se presentaba Pete Townshend, y Charly se tiró en el suelo. De repente, me preguntó: “¿Andrew, Pete me ha llamado?”. “No, Charly”, le dije. “¿No me quiere en el escenario?”, me preguntó. “No, Charly”, le dije. Hacía ese tipo de cosas. Por eso, para evitar que cometiera una verdadera locura y volviera sano y salvo a Buenos Aires, la embajada de Argentina envió a tres personas que lo escoltaron de regreso. Un músico fascinante que sabe lo que hace. Parecido a Frank Sinatra, que después de grabar una canción jamás revisaba la grabación porque sabía lo que hacía. Con una diferencia: Sinatra no se comportaba como Charly. Su “problema” era el mismo de Lennon: hacer en cinco minutos lo que les toma una hora a otros artistas. ¿Sabe? Tengo un trozo de una guitarra que rompió Charly. Se la regaló a Max diciéndole que con el tiempo podía ser valioso.

¿Y su vida en español?

Max me dijo el otro día que yo había tenido una vida maravillosa en Colombia considerando que no hablo un buen español. Pero si usted viene de Europa, no crea que por hablarlo puede entender a los colombianos. En realidad, sólo escucho lo que me interesa.

¿Cuál es para usted el motivo para que mucha gente le pregunte, desconcertada, por qué no vive en Inglaterra o en Estados Unidos? 

Esa pregunta es para mí una deficiencia del país. Treinta o cuarenta años atrás conocí a varios colombianos en Nueva York que decían ser venezolanos. Pero todos los países tienen sus deficiencias. No sé por qué soy una especie de persona non grata para los británicos que viven en Colombia. ¡Ni siquiera me hablan! Nunca me invitan a las fiestas de la embajada. ¿Quizás por la reputación de los Rolling Stones? Aparte de un día que tomé el té con el embajador, no volví a saber nada de él. Tal vez yo sería mejor acogido en Inglaterra. No sé ni me importa. Esther dice que el problema es mío porque soy muy distante. Como sea, soy feliz: sé lo que sé. Vivo una vida normal, sencilla y libre en un país donde Esther me dio un hogar. No podría vivir así en Inglaterra. Sobre todo cuando hablo con amigos que viven en Europa y me dicen que están deprimidos en febrero. ¿Recuerda los últimos años de Anita Pallenberg? Le tomaban fotografías en el supermercado para que la gente viera cómo estaba en su vejez. Supongo que si yo viviera en Inglaterra me tomarían fotos para que la gente viera lo que le sucedió al productor de los Rolling Stones. No es que sea una de las razones por las que vivo en Colombia, pero no me parece agradable esa actitud de la prensa.

¿Cómo quisiera que lo recordaran?

Creo que nadie se va a interesar de nuevo por mí hasta que Mick Jagger o Keith Richards mueran y la gente me pregunte qué pienso. Pero hasta entonces nadie me va a molestar. Por ahora sé que hay un momento en el que tenemos que saber cuándo bajarnos del tren para no empezar a repetirnos.

La entrevista con Andrew Loog Oldham está en la nueva edición de Bocas.

La entrevista con Andrew Loog Oldham está en la nueva edición de Bocas.

Foto:Fernando Gómez

Entrevista de HUGO CHAPARRO VALDERRAMA

Revista BOCAS

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¿Cómo es la vida en Bogotá de Andrew Loog Oldham, el manager que descubrió a los Rolling Stones?