Shelley Duvall, desaparición y regreso de un icono al que el cine puso al límite

Si no hubiera pasado de forma alarmante por el programa del controvertido médico televisivo estadounidense doctor Phil en 2016, Shelley Duvall (Texas, 73 años) podría haber anunciado que regresaba al cine como cualquier otra actriz talentosa a Hollywood tras un parón. Igual que Cameron Diaz, retirada unos años para centrarse en su familia, o Debra Winger, harta de un sistema que condena a las mujeres a una fecha de caducidad temprana. Pero el caso de Duvall es distinto. Aquella última vez que la vimos en pantalla lucía un aspecto desmejorado y lanzaba ideas inconexas como que Robin Williams seguía vivo y tenía la capacidad de cambiar formas y el sheriff de Nottingham, el mismo de Robin Hood, la perseguía para acabar con su vida.

Aquel bochornoso espectáculo recibió el rechazo de compañeros y amigos de Duvall. “Debería haber leyes para proteger a las personas con enfermedades mentales de los depredadores de programas de televisión como el doctor Phil, que explota a Shelley Duvall para su propio beneficio”, escribió Mia Farrow en sus redes sociales. Tras la emisión del programa, Vivian Kubrick (hija de Stanley Kubrick), que también condenó la entrevista, inició una campaña para recoger fondos para ayudar a la actriz. “Creo que cada vez son más los que se dan cuenta de lo brutal que es el sistema de Hollywood y de cómo la gente de la industria no está realmente atendida a pesar de que los estudios se han beneficiado enormemente de su talento”, declaró.

El talento de Duvall había hecho ganar, efectivamente, bastante dinero a los estudios. Fue la Wendy Torrance de El resplandor (1980), probablemente su papel más reconocido entre nuevas generaciones, pero también la musa de Robert Altman y la brillante productora de varias exitosas adaptaciones de cuentos infantiles que la convirtieron en una estrella televisiva.

Retrato de Shelley Duvall en 1970.Jerry Tavin/Everett Collection
Sissy Spacek y Shelley Duvall en una escena de 'Tres mujeres' (1977).
Sissy Spacek y Shelley Duvall en una escena de ‘Tres mujeres’ (1977).Archive Photos (Getty Images)

Su vuelta al cine llega gracias a la insistencia del director Scott Goldberg, que en The Forest Hills, la reúne con Dee Wallace, madre en E. T. El extraterrestre (1982) y reina del grito en películas de culto como ¡Aullidos!, Cujo y Critters en los años ochenta y otro actor de carrera errática, el otrora niño prodigio Edward Furlong, protagonista de Terminator 2 y American History X.

Duvall ha vivido alejada de los focos desde que, en 2003, protagonizó Manna from Heaven, al lado de otro icono del cine de terror (la recientemente fallecida Louise Fletcher, enfermera Ratched de Alguien voló sobre el nido del cuco). Vive en un rancho de su Estado natal, Texas, con su pareja desde 1989, el músico Dan Gilroy, exnovio de Madonna. Tras una carrera de más de tres décadas en Hollywood, Duvall había vuelto a casa, como si su estancia en Hollywood hubiese sido el paréntesis.

La musa de Robert Altman

Duvall había fantaseado durante su adolescencia con ser científica. También había hecho sus pinitos como modelo. Lo de actuar fue, como tantas cosas en la industria del entretenimiento, una casualidad. “No me gustaría tener que follármela. Y si no me gusta para un polvo, no debería trabajar en la película”. Fueron las declaraciones del productor Don Simpson tras verla en unas secuencias que Robert Altman había seleccionado para explicar por qué consideraba que Duvall era perfecta para interpretar a Olivia en la versión cinematográfica de Popeye. El propio director se lo contó a Peter Biskind en el libro Moteros tranquilos y toros salvajes. A pesar de las palabras de Simpson, que años después diría algo similar sobre Debra Winger para desacreditarla como protagonista de Oficial y caballero (1982), Altman se salió con la suya.

Shelley Duvall y Woody Allen en 'Annie Hall' (1977).
Shelley Duvall y Woody Allen en ‘Annie Hall’ (1977).mptvimages.com

Lo curioso es que la primera vez que a Shelley le habían ofrecido un papel había sido para protagonizar una película porno. La segunda vez que se lo sugirieron se encontraba ayudando a su primer marido, el artista Bernard Sampson, a vender sus obras en Texas. Robert Altman rodaba allí El volar es para los pájaros (1970) y su equipo se quedó prendado con el físico de la futura actriz. Aquella película significó el inicio de una unión que se prolongaría durante seis películas más: Los vividores (1971), Ladrones como nosotros (1974), Nashville (1975), Buffalo Bill y los indios (1976), Tres mujeres (1977), por la que consiguió el premio de interpretación en Cannes, y Popeye (1980).

Duvall tenía el físico que demandaba la época: alta, delgada, ligeramente desgarbada y con unos ojos inmensos coronados siempre por unas gigantescas pestañas. Representaba a un tipo de mujer moderna que empezaba a copar las revistas de tendencias y eso la convirtió en la opción perfecta para papeles como el de la transplandeciente periodista de Rolling Stone en Annie Hall (1977). En la película de Allen coincidió con el músico Paul Simon, que se convirtió en su pareja durante dos años hasta que la abandonó por su amiga Carrie Fisher. Simon la dejó en un aeropuerto el mismo día en que ponía rumbo a Londres para iniciar el rodaje de El resplandor con Stanley Kubrick. Aunque se pasó las 12 horas del vuelo llorando, no sería nada comparado con lo que le esperaba en Inglaterra.

El infierno con un genio

Duvall no tardó en darse cuenta de que la forma de trabajar de Robert Altman y Stanley Kubrick eran muy distintas. No había rastro en el plató de El resplandor del ambiente familiar y desenfadado de los rodajes del director de MASH. De hecho, Kubrick la aisló del resto del equipo y la estrella de la película, Jack Nicholson, la recibió con cierta frialda (él opinaba que el papel debería ser para la mucho más carnal Jessica Lange).

Shelley Duvall en un instante de 'El resplandor'.
Shelley Duvall en un instante de ‘El resplandor’.United Archives/Impress (United Archives / Cordon Press)
Shelley Duvall y Jack Nicholson, en Nueva York en 1980.
Shelley Duvall y Jack Nicholson, en Nueva York en 1980.Robin Platzer/IMAGES (Getty Images)

“Tuve que llorar 12 horas al día, todo el día, durante nueve meses seguidos, cinco o seis días a la semana. Después de ese tiempo, tu cuerpo se rebela, te dice: deja de hacerme esto. No quiero llorar todos los días”, declaró a The Hollywood Reporter. “Fue agotador: seis días a la semana, de 12 a 16 horas, media hora libre para el almuerzo, durante un año y un mes. El papel exigía que llorara, al menos, durante nueve de esos meses. Jack Nicholson tenía que estar enfadado todo el tiempo y yo tenía que estar histérica”.

El cuestionable trato que le dispensó Kubrick contiene hitos del despropósito como las 127 tomas empleadas en rodar la secuencia en la que amenaza a Nicholson con un bate de béisbol y en la que las lágrimas, por su estado de nerviosismo, eran reales. “Pero mira lo que Stanley sacó de mí”, concluyó. “¡A la gente le encanta esa escena!”.

Pese a que hoy sea consierada un clásico del terror, El resplandor no fue un éxito cuando se estrenó. La recepción del público fue tan fría como la de la crítica y toda la atención se centró en el director. “Después de todo ese trabajo, casi nadie habló de mi actuación. Las críticas eran sobre Kubrick, como si yo no estuviera allí. Los críticos se quedan hipnotizados ante un director estrella como Kubrick y se olvidan de los actores.” El autor de la novela, Stephen King, que odió la película desde el primer momento, dijo que era el personaje más misógino que había visto en su vida. “Solo está ahí para gritar y ser estúpida”. Los entonces recién fundados premios Razzie le otorgaron el galardón a la peor interpretación femenina del año.

Del terror a lo infantil

Mientras estaba en Londres recibió la llamada de Altman para interpretar a Olivia en la versión de Popeye (1980), protagonizada por Robin Williams. La producción resultó caótica debido a la inmensa cantidad de drogas y alcohol que circulaban por el plató –durante el rodaje en Malta la policía interceptó las maletas del productor Robert Evans tan repletas de sustancias que sólo la intervención del secretario de estado Henry Kissinger impidió un incidente internacional– y sin embargo, tras la experiencia con Kubrick, Duvall guarda de ella un recuerdo idílico.

Shelley Duvall en una gala de premios en 1989 en el hotel Four Seasons de Beverly Hills, California.
Shelley Duvall en una gala de premios en 1989 en el hotel Four Seasons de Beverly Hills, California.Ron Galella, Ltd. (Ron Galella Collection via Getty)

Su siguiente idea fue, tal vez, la mejor de su carrera. Duvall detectó el potencial que ofrecían las incipientes televisiones por cable y se centró en un nicho relativamente desatendido: la programación infantil. La actriz decidió reinterpretar los clásicos de la literatura infantil y juvenil con un tipo de humor adulto que los hiciese accesibles para todo tipo de público. Tiró de agenda y reunió a una lista de actores entre los que estaban Robin Williams, Jeff Bridges, Mick Jagger, Liza Minnelli o Vanessa Redgrave y directores como Francis Ford Coppola y un entonces desconocido Tim Burton, con el que años después rodaría el corto Frankenweenie (1984). El resultado, llamado Faerie Tale Theater, se emitió entre 1982 y 1987 y fue un éxito en todo el mundo (también en España, donde se estrenó a mediados de aquella década con el título de Cuentos de hadas y arrasó en el mercado del vídeo).

Un adiós sin gloria

Centrada en la producción, sus papeles en cine fueron cada vez más esporádicos: trabajó en Los héroes del tiempo (1981), de Terry Gilliam, en Roxanne (1987), junto a Steve Martin y Retrato de una dama (1996), de Jane Campion. Poco después de esa película abandonó Hollywood. Y en 2003, tras un último papel en la película independiente Manna from Heaven, nunca estrenada en España, simplemente desapareció. Durante casi dos décadas se volvió (esto se supo recientemente, gracias a los detalles que ella misma contó en una larga entrevista con The Hollywood Reporter) a su Texas natal, abrumada por problemas financieros (de los que no da detalles) y sin contacto ni con la industria ni con su familia (su padre murió en los noventa, su madre durante la pandemia, con sus tres hermanos tiene poca relación).

Ese silencio absoluto solo se vio roto por la desafortunada entrevista en 2016 en el programa estadounidense Dr. Phil. “Descubrí el tipo de persona que era y de la peor manera”, declaró a la publicación cinematográfica. “A mi madre tampoco le gustaba. Mucha gente, como Dan [Gilroy], dijo: ‘No deberías haber hecho eso”. Ni su pareja sabía que tenía previsto acudir al show.

Shelley Duvall posa con el ejemplar de 'The Hollywood Reporter' en el que rompió su silencio de años y contó su historia, en una imagen compartida en redes sociales por la revista.
Shelley Duvall posa con el ejemplar de ‘The Hollywood Reporter’ en el que rompió su silencio de años y contó su historia, en una imagen compartida en redes sociales por la revista.The Hollywood Reporter / Twitter

La única parte positiva de aquella intervención televisiva fue que el mundo supo que seguía viva. Lee Unkrich, director de Toy Story 3 (2010) y Coco (2017) y fanático de El resplandor que en aquel momento ultimaba un libro sobre la película, llevaba años buscándola y contactó con ella. Tras su jornada juntos, descubrio que “Duvall podía sufrir ataques de ansiedad o serpentear hacia descripciones inquietantes de programas de vigilancia de alienígenas, pero también podía conversar durante largos y coherentes parlamentos y evocar los más pequeños detalles sobre su vida y su carrera, de la que sigue muy orgullosa.”

El retorno a la pantalla no es la única buena noticia que 2022 ha deparado a Duvall. En marzo de este año los razzies reconocieron el grave error cometido al premiar su interpretación en El resplandor, especialmente a la luz de las informaciones sobre los abusos sufridos en el plató. No es una anécdota, ni siquiera un caso aislado. El caso de Duvall tiene muchas coincidencias con el de Kim Basinger en Nueve semanas y media (1986) o Maria Schneider en El último tango en París (1972), otros casos en los que los directores cruzaron peligrosamente la línea para obtener su interpretación soñada y que también afectaron gravemente a la salud de las intérpretes. No todas fueren capaces de superarlo. En ese sentido, y aunque parezca difícil de creer, la historia de Shelley Duvall es un cuento con final feliz para los parámetros de Hollywood.

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Shelley Duvall, desaparición y regreso de un icono al que el cine puso al límite