A 30 años de “Jurassic Park”, el parque de juegos de Steven Spielberg | Un film que retrata varias de sus obsesiones

¿Qué ocurre cuando dinosaurios y humanos, dos especies separadas por 65 millones de años de evolución, se encuentran de repente? La respuesta, a juzgar por Jurassic Park (1993), de Steven Spielberg, es doble: los humanos recaudan más de 6.000 millones de dólares en taquilla durante las tres décadas siguientes y los dinosaurios, desaparecidos hace tiempo, disfrutan de una nueva vida.

“No me avergüenza decir que con Jurassic Park sólo intentaba hacer una buena secuela de Tiburón en tierra firme. Es una desvergüenza. Puedo decirlo ahora”, dijo Spielberg con sorprendente autocrítica al reflexionar sobre el asombroso éxito de su película un año después de su estreno. En cierto modo, Jurassic Park, que lanzó una de las franquicias de mayor éxito de la historia del cine, es la quintaesencia de Spielberg. Aúna sus obsesiones y revela al director en todas sus contradicciones. También es famosa la película que Spielberg editaba por las noches mientras rodaba en Polonia su otro drama sobre el Holocausto, La lista de Schindler (1993), muy aclamado aunque de tono muy diferente.

Jurassic Park, que regresará a la gran pantalla con motivo de su 30º aniversario, es una película de acción y aventuras. Es una película de matiné hecha con la misma energía implacable e ingenio que Los cazadores del arca perdida (1981), y sin embargo tiene algunas observaciones mordaces que hacer sobre la codicia humana y la arrogancia. Incluso cuenta con su propio momento Oppenheimer. El odioso genio informático Dr. Nedry (Wayne Knight) guarda una foto del “padre de la bomba atómica” en su escritorio. Spielberg se asegura de que los espectadores vean bien al célebre científico momentos antes de que Nedry libere a los monstruos jurásicos en el mundo.

En su reciente autobiografía, uno de los protagonistas de la película, Sam Neill, que interpreta al paleontólogo Dr. Alan Grant, afirma que le costó averiguar qué es lo que mueve a Spielberg. Antes de empezar el rodaje, el actor pidió a alguien que conocía bien al director “que le diera alguna idea”. En respuesta, le dijeron: “Tenés que entender que Spielberg es en parte un niño maravillado y en parte un magnate despiadado de Hollywood”. Spielberg podía ser cruel, en la pantalla y fuera de ella. Quienes han trabajado con él dan fe de lo mucho que presiona a su equipo. “Corrías de un montaje a otro porque lo tenía todo preparado para hacerlo como él quería”, recuerda un técnico sobre el ritmo vertiginoso al que suele trabajar el director.

Al ver Jurassic Park, es difícil no sorprenderse por la manera despreocupada en que Spielberg muestra al personaje de Martin Ferrero, el untuoso abogado Donald Gennaro, siendo mordido por la mitad por un T-Rex mientras está sentado en el inodoro, adonde había escapado dejando a los niños a su suerte. El monstruo se abre paso a través de las desvencijadas paredes. El pobre hombre se acobarda. El tiranosaurio se estira, coge a Genaro entre sus dientes y empieza a masticar, desmenuzando al abogado como si fuera un largo pedazo de caramelo. Es una secuencia brillantemente rodada, espeluznante y oscuramente divertida, que deja entrever la crueldad del director. A Spielberg le gusta encontrar formas inusuales de matar a los personajes que no le gustan. Es el tipo de cineasta que disfruta arrancando las alas a las moscas. También le gusta asustar a los espectadores. Por ejemplo, la escena en la que alguien echa una mano a la paleobotánica Dra. Ellie Sattler (Laura Dern). Momentos después, Ellie se encuentra sosteniendo un brazo amputado.

De niño, el futuro director sufría acoso escolar y era objeto de insultos antisemitas. A su vez, solía gastar bromas a sus hermanas y más tarde hablaba del placer que le producía “torturarlas”. Una explicación psicológica de su comportamiento a veces insensible detrás de la cámara podría especular con que por fin se está vengando simbólicamente de quienes solían atormentarle.

Spielberg guarda evidentes similitudes con el showman protagonista de Jurassic Park, John Hammond (Richard Attenborough), una figura aviesa pero ferozmente decidida a crear el mayor parque temático de la historia. Según el biógrafo de Spielberg, Joe McBride, el director se identificaba mucho con Hammond, admitiendo que compartía el “lado oscuro” del personaje: “una pasión desbordante por su trabajo, a veces a expensas de las responsabilidades familiares”.

McBride cuenta que Spielberg “se parecía tanto a Hammond que le resultaba difícil separarse de él”, por lo que “suavizó” deliberadamente al personaje de ficción. Las versiones de Hammond aparecen en toda la obra de Spielberg: comparte rasgos tanto con el fanático de los ovnis interpretado por Richard Dreyfuss en Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) como con el distraído padre Burt (Paul Dano) en Los Fabelman (2022). El personaje de Neill es otra de las figuras paternas imperfectas de Spielberg. Al principio de la película, es contrario a la idea misma de tener hijos; al final, es el padre sustituto de los nietos de Hammond.

La relación de Spielberg con sus financistas en Hollywood también era muy ambivalenteJurassic Park puede leerse fácilmente como una sátira de la avaricia empresarial y el merchandising sin sentido. A mitad de la película, cuando el Dr. Grant y los dos niños se esconden aterrorizados en la jungla, Spielberg corta para mostrar la tienda de regalos del parque temático. Está repleta de camisetas de dinosaurios, juguetes, juegos y botellas de agua. El director parece subrayar la obscenidad de vender a los turistas baratijas de estas criaturas mortales. La opinión contraria, por supuesto, es que esta escena sirvió como simple colocación de productos. Y funcionó. Una vez estrenada la película, Universal hizo un gran negocio vendiendo exactamente los mismos artículos que había en la tienda.

El público joven respondió tanto a las tácticas de choque de la película como a la sensación de asombro que Spielberg se esforzaba por inducir en ellos. La British Board of Film Classification (BBFC) otorgó a la película un certificado PG a pesar de sus “numerosas escenas de amenaza hacia los dos niños protagonistas”. Sin embargo, conscientes de su potencial para asustar a jóvenes espectadores impresionables, se organizó un preestreno especial para 200 niños de entre 8 y 11 años con el fin de evaluar hasta qué punto les resultaba traumática la experiencia. “Un informe del evento describe la reacción de la mayoría del público como de ‘terror alegre’ más que de ‘angustia genuina'”, concluyó la BBFC. Los niños encontraron la película “buena y aterradora”. La disfrutaron de la misma manera que lo harían en una atracción de feria. El miedo formaba parte del placer.

Podría decirse que los elementos más perturbadores de la película no son lo que se ven en pantalla, sino lo que se escuchan: todos esos gruñidos, gemidos y rugidos salvajes. El diseñador de sonido Gary Rydstrom declaró posteriormente a la BBC que el “rugido principal” del T-Rex era, en realidad, el chillido amplificado de una cría de elefante. ¿Y ese inconfundible sonido del dinosaurio devorando al abogado en el inodoro? Era el perro Jack Russell de Rydstrom con un juguete de cuerda entre las mandíbulas. Spielberg se deleita en estos momentos. Tiene un don para la caracterización y el humor que podría decirse que supera con creces al del novelista Michael Crichton, autor en 1990 del libro en el que se basa Jurassic Park.

Crichton (que coescribió el guión de Jurassic Park con David Koepp) era brillante en la creación de thrillers de intrincada trama, que popularizaban ideas científicas a menudo complejas. “Recibías una lección mientras te asustaban”, observó su editor Robert Gottlieb sobre la obra de Crichton. “Pero Michael no era un buen escritor… podía hacer todo lo necesario excepto crear seres humanos convincentes”. Spielberg no tiene crédito como guionista en Jurassic Park, pero se aseguró de que John Hammond fuera mucho más simpático en la pantalla que en la novela. También decidió que el abogado Gennaro fuera cobarde y venal. De hecho, los dinosaurios ocupan menos de 20 minutos de las dos horas y siete minutos que dura la película.

Los dinosaurios en la pantalla no eran algo que nunca se hubiera visto. El genial diseñador y mago del stop-motion Ray Harryhausen desató a los pterodáctilos sobre la Raquel Welch en bikini de Un millón de años antes de Cristo (1966). Unos años más tarde, enfrentó a unos vaqueros con un T-Rex en El valle de Gwangi (1969). Ya antes, el maestro de los efectos especiales Willis O’Brien había dado vida a monstruos prehistóricos en la adaptación de Arthur Conan Doyle para la película muda El mundo perdido (1925) y de nuevo en King Kong (1933). A Spielberg le encantaban estas películas. De niño estaba obsesionado con estas criaturas, hasta el punto de que coleccionaba sus propios modelos de dinosaurios.

Sin embargo, lo que distinguió a Jurassic Park de sus predecesoras fue el hiperrealismo de sus monstruos. Como alardeó más tarde el equipo de efectos visuales de Spielberg en Industrial Light & Magic, ofrecían “dinosaurios vivos, que respiraban, fotorrealistas, como nunca se habían visto antes”. Al mismo tiempo, el director también recurrió a los servicios del brillante diseñador de marionetas y creador de criaturas Stan Winston, que proporcionó modelos hechos a mano de los T-Rex de dos pisos de altura.

Jurassic Park fue un éxito arrollador y sigue siendo una de las películas más taquilleras de todos los tiempos. Lanzó una franquicia e inspiró a una nueva oleada de jóvenes científicos a estudiar paleontología. Sin embargo, cuando se habla de la obra de Spielberg, la película de dinosaurios siempre queda por detrás de Encuentros cercanos del tercer tipo, E.T. El Extraterrestre y La lista de Schindler. El propio director le resta importancia en ocasiones. “A medida que uno envejece, es natural que quiera dedicarse a historias que traten temas más serios que, por ejemplo, grandes tiburones y dinosaurios aún más grandes”, escribió en el prólogo de un libro escrito sobre él en 2012 por el crítico Richard Schickel.

De cualquier modo, Jurassic Park era un proyecto mucho más personal de lo que el director aparentaba. Era el niño amante del Tyrannosaurus Rex que creció para convertirse en el visionario e implacable pez gordo de Hollywood. La película nos adentra en ambas partes de su personalidad. Si de verdad se quiere saber lo que mueve a Spielberg, siempre se puede ir al drama autobiográfico del año pasado, Los Fabelman, pero podría decirse que se aprende lo mismo viendo esta entrañable película de criaturas. La crítica Pauline Kael escribió en una ocasión que George Lucas seguía “enganchado a la mierda de su infancia”. Lo mismo podría decirse del amigo y colaborador de Lucas, Spielberg, pero rebuscando entre los detritus de sus años mozos, ambos siempre han encontrado tesoros en abundancia.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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