Klaus Kinski, a 30 años de su muerte: el actor que era un monstruo dentro y fuera de la pantalla

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“No soy el Jesús oficial de la iglesia. El que aceptan policías, jueces, banqueros, verdugos, oficiales, jefes eclesiásticos, políticos y similares representantes del poder. ¡No soy su superestrella!, quien sigue en la cruz cumpliendo su rol por ustedes, quien es abofeteado si deserta de su rol, quien, por tanto, no puede decir… ¡Estoy podrido de tanta pompa y rituales! Su incienso es asqueroso. Apesta a carne humana quemada. No soporto más sus celebraciones y festejos. Pueden rezar cuanto quieran. No los escucharé. Mantengan lejos esas idiotas alabanzas y honores, no tengo nada que hacer con eso. No las quiero. No soy ningún pilar de paz y seguridad”. Quien dice estas palabras, evidentemente, no representa la imagen que nos han inculcado de Jesucristo desde niños. No luce como él debería lucir, no habla como debería hablar, no mira como debería. No lleva el cabello largo y castaño, la barba crecida o una túnica blanca. Por supuesto, tampoco aspira a la santidad. Quien dice estas palabras tiene los ojos grandes, saltones, ciertamente malignos, casi con autonomía propia más allá de su cuerpo. En su boca vive un permanente gesto de desprecio. Su ceño se frunce solo de saberse parte de esa cara desquiciada.

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Tiene el cabello rubio y desordenado, como el resto de sus facciones, todo un tributo al arte contemporáneo: en su rostro discurren, con naturalidad, el cubismo de un Picasso, la angustia de un Munch, la violencia de un Pollock, algo a la vez simbólico y confuso, como un Kandinski. Es una criatura desesperada, melancólica, desterrada de algún mundo donde la vida, sin duda, es peor que aquí. Un lugar en el que la oscuridad de inquietantes pasillos deja transitar a su sombra sin carne ni nervio, convertida en el hedor inmemorial de Nosferatu. Un mundo donde los barcos bailan a través de las montañas y hombres como Fitzcarraldo tiemblan, se agitan, se desmoronan, se reconstruyen, solo esperando oír los ecos extraordinarios de una ópera navegando a través del Amazonas. En esos confines de un universo delirante es donde vive la ira de Dios, se apellida Aguirre y tiene el rostro de Klaus Kinski: un verdugo despiadado, un jorobado agresivo, un sicópata -todos los sicópatas-, un minucioso asesino, un cazador de recompensas, un dipsómano Edgar Allan Poe, un Marqués de Sade en su más retorcida dimensión, un loco Renfield, un Paganini endemoniado, una criatura más allá del mal y del infierno. Un “Jesús Redentor” que cayó en todas y cada una de las tentaciones… y no se arrepintió nunca. Ese hombre que monologaba al principio de este texto –parte del unipersonal “Jesus Christus Erlöser”, escrito por él mismo y transcrito de una actuación suya en Berlín, en noviembre de 1971- falleció hace 30 años, un día en que su corazón decidió descansar de él. Su edad, 65. Su profesión, actor. Sus trabajos más célebres, los realizados junto a Werner Herzog, a pesar de él y gracias a él. Su fama, la de un egomaníaco insoportable.

El diablo en el cuerpo

“La música viene del fuego, desde adentro de la tierra, del mar, del cielo”. Las palabras parecen salir de la boca de Niccolò Paganini, el violinista atormentado y genial del siglo XVIII cuyo mito aseguraba que hizo un pacto con el diablo. Sus “24 Caprichos para violín” lo situaron como uno de los mejores de la historia en su instrumento. Pero en esta escena no es el músico quien habla, sino un hombre que lo interpreta como si el pacto con el diablo lo hubiera hecho él, para así poder liberar a todas sus bestias: la angustia sangrienta, el dolor como un hacha brutal que despedaza desde adentro, la ansiedad, gélida y estremecedora, la furia contenida y la que nadie podrá contener, la sexualidad violenta y explosiva, la hostilidad hacia el mundo, el genio. La descripción puede calzar tanto para Paganini como para el actor que pronunciaba las palabras iniciales de este párrafo. Esa identificación fue la que hizo que Klaus Kinski luchara obsesivamente por llevar a cabo este proyecto que protagonizó, escribió y dirigió en 1989, tras el rechazo de Werner Herzog a formar parte del filme. Además, su pareja de entonces –Debora Caprioglio, la recordada protagonista de Páprika- y su hijo Nikolai, contribuyeron a trasmutar su realidad a la pantalla, a través de un viaje enloquecedor por la biografía del músico italiano. Difícilmente otros querrían trabajar con él, dada la fama de su carácter histérico.

Paganini fue la última película de su vida, una actuación que se inició el 18 de octubre de 1926, cuando Klaus Günter Karl Nakszynski profirió el primero de los miles de gritos de su vida en Sopot, una ciudad ubicada a orillas del Mar Báltico, cerca de Gdansk o Danzig, localidad polaca que alguna vez estuvo bajo dominio alemán. Ese “alguna vez” incluyó varios años de la vida del futuro actor, que se vio obligado a participar en la Segunda Guerra Mundial como miembro de aquel ejército. En medio del conflicto decidió desertar de la wehrmacht, pero fue capturado y condenado a muerte. De algún modo milagroso pudo escapar, pero poco después fue herido y tomado como rehén por los británicos. Pasó más de un año y medio como prisionero de guerra en Inglaterra, donde participó en algunos espectáculos recreativos para las tropas. Solo una vez finalizada la conflagración, Kinski pensaría en su futuro. Llevaba solo 19 años en el mundo y aún no tenía idea de lo que le esperaba. Al volver a Alemania tras su reclusión, supo que sus padres, que vivían en Berlín, habían muerto en los bombardeos. Sí, sus padres. A pesar de lo que muchos piensan, Kinski no fue parido por una loba.

(Foto: PIERRE VERDY / AFP)
(Foto: PIERRE VERDY / AFP)

“Príncipe, en definitiva, lo conozco todo/ conozco a los de buen color y a los pálidos/ conozco a la Muerte que todo lo consume/ conozco todo, excepto a mí mismo”, decían unos versos de François Villon que en aquellos años declamaba con fruición. Por esos días, Kinski pasaba largas horas declamando también a Brecht, Maiakovski, Wilde, Rimbaud o Schiller y ensayando monólogos a gritos –para desesperación de sus vecinos-, a la vez que realizaba intensas interpretaciones teatrales, antes de dar sus primeros pasos en el cine. Esto sucedió en 1948, cuando personificó a un prisionero holandés recluido en un campo de concentración en el filme alemán Morituri. Con este pequeño papel inició una carrera de más de 40 años en los que combinó películas nominadas al Oscar y obras maestras con bodrios de mínima categoría. Aunque a inicios de los 50 la pasó muy mal –fue internado temporalmente en un manicomio, diagnosticado con una sicopatía y sobrevivió a dos intentos de suicidio con morfina-, su carrera, poco después, comenzó a despegar y a recopilar experiencias que alguna vez lo llevarían a decir “La actuación final es destruirse a sí mismo.”

Retrato del artista incandescente

Fue un teniente de la Gestapo en Tiempo de vivir, tiempo de morir (1958), un anarquista exaltado en Doctor Zhivago (1965), un jorobado bandido en Por unos dólares más (1965), un despiadado cazador de recompensas en El gran silencio (1968), el Marqués de Sade en Justine (1969), Edgar Allan Poe en La horrible noche del baile de los muertos (1971), o “Jesucristo Redentor” en un polémico monólogo de su autoría que presentó en varias ciudades alemanas –y que lo enfrentó constante y violentamente con el público- antes de iniciar su colaboración con Werner Herzog –de quien había sido roomate en su juventud berlinesa- interpretando al demente conquistador Lope de Aguirre, en Aguirre, la ira de Dios (1972), y que continuaría con Nosferatu (1979), Woyzeck (1979), Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987), personajes icónicos dentro de su filmografía personal, pues a través de ellos alcanzó sus más aplaudidas performances.

A pesar de ello, Kinski nunca obtuvo un premio importante de actuación en ninguno de los principales festivales de Europa y menos aún fue considerado para un Oscar o un Globo de Oro. En 1986, de todos modos, se le intenta asignar un alto honor: el gobierno francés le otorgó la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Comendador… pero Kinski devolvió la medalla, histérico, por considerarla una baratija y una “porquería grandilocuente”.

“Elijo las películas con la programación más corta y la mayor cantidad de dinero. Así que me vendo por el precio más alto. Exactamente como una prostituta. No hay diferencia”, dijo alguna vez, quizás tratando de justificar su irregular filmografía, en la que tuvo la oportunidad de grabar junto a talentos de diversos estilos y procedencias. Alain Delon, Omar Shariff, Jean-Louis Trintignant, Lee Van Cleef, Terence Hill, Clint Eastwood, Bruno Ganz, Oliver Reed, Franco Nero, Maximilian Schell, Gian Maria Volonté, Christopher Lee –junto a quien llegó a realizar cinco filmes-, Fernando Rey –a quien le rompió una costilla en la grabación de “El caballero del dragón” por su uso excesivo de la fuerza- o Miguel Bosé, quien trabajó muy bien con él en el mismo filme. Sobre la paciencia del también cantante con el actor alemán de origen polaco se pronunció con ironía el director de aquella película, Fernando Colomo: “Sólo Miguel Bosé hizo buenas migas con Kinski, pero esto, para los que conocemos a Miguel, no era de extrañar, dada su extraordinaria habilidad para tratar con los animales, heredada sin duda de su padre, el legendario torero Luis Miguel Dominguín”. Será por ese “cariño” que Colomo, una vez conocida la muerte de Kinski, publicó un obituario titulado “Descansemos en paz”: “Mucha gente pensaba que estaba loco –decía en el texto-. Yo no lo creo así. Era un niño mimado, consentido y maleducado. De haber sido una persona mayor, sólo le cabría el calificativo de hijo de puta. Pero ahora se ha muerto y nos ha dejado. Descansemos en paz.” En el mismo filme, “El caballero del dragón”, el único con el que Kinski no osó meterse nunca fue con Harvey Keitel. El actor neoyorquino –recordado por Reservoir Dogs y otros papeles memorables- amenazó con darle una buena paliza si lo jodía de algún modo.

Por otro lado, en la lista de las actrices que compartieron escenas con Kinski encontramos a Romy Schneider, Isabelle Adjiani, Diane Keaton, Susan Sarandon, Ornella Mutti, Maria Schneider, Alida Valli, Romina Power, Rita Hayworth o Claudia Cardinale, quizás la única que tenía cosas amables que decir sobre él, tras actuar juntos en Fitzcarraldo. Pero la opinión de la gente parecía no importarle. “Amo la sombra y la oscuridad, y quiero estar solo con mis pensamientos el tiempo que pueda”, dijo alguna vez, interpretando a Nosferatu. ¿O sería acaso Nosferatu interpretándolo a él?

La rutina del horror

“Gracias a Dios, ya he terminado con esa porquería hollywoodense a las órdenes de Billy Wilder (N. de R: el filme Buddy Buddy (1981), también conocido como “Compadres”, con la dupla Walter Matthau-Jack Lemmon). Para alguien que lo vea desde fuera, resulta imposible imaginarse el grado de imbecilidad, fanfarronería, histeria, dictadura y mortal aburrimiento que hay que soportar cuando se rueda con Billy Wilder. Con él, los supuestos actores no son más que ovillos de lana amaestrados que hacen monerías y juegan a traer el palo una y otra vez, hasta el vómito; llega uno a creer que todos se han vuelto locos de remate. Creía que ese delirio no iba a terminar nunca. Pero he cobrado un dineral por esos pocos días”, escribió en su autobiografía “Yo necesito amor”, dejando claro que poco le importaba estar filmando con un director consagrado como Wilder. Pero no fue el único al que le hizo la vida imposible. Al ya mencionado Fernando Colomo, por ejemplo, quiso arrancarle la barba a mordiscos, en uno de sus ya conocidos ataques de ira, según lo contó en una entrevista Jesús Franco, otro director español con el que trabajó Kinski –fue protagonista de su Jack El Destripador, por ejemplo-, pero que extrañamente llegó a desarrollar un vínculo amical con él. A pesar de ese detalle, también lo consideró siempre como un loco, un esquizoide. Sin embargo, la relación infernal que ha pasado a la historia de la cinematografía mundial por méritos propios es la que describe Werner Herzog en el documental Mi enemigo íntimo (1999) y que, como ya dijimos, lo unió artísticamente a Kinski en cinco filmes, el último de los cuales fue Cobra Verde (1987).

(Foto: RALPH GATTI / AFP)
(Foto: RALPH GATTI / AFP)

Sobre esta filmación, llevada a cabo en algunas locaciones colombianas, recordó en la revista El Malpensante en 2008 el escritor Sandro Romero Rey, que fue asistente de dirección en dicha película: “Pronto nos dimos cuenta de que nuestro trabajo no sólo necesitaba controlar los detalles de lo que se vería en pantalla sino, sobre todo, de lo que estaba detrás de ella. Y lo que estaba detrás de ella se llamaba Kinski. Cada cierto tiempo nos llegaban las leyendas: Kinski se acostaba todas las noches con tres negras distintas. Kinski había asesinado un caballo con su mirada. Kinski dirigía la película. Kinski odiaba a todo el mundo. Kinski asesinaba un asistente de cámara cada dos días. Había que prepararse”.

Pero ese no fue el único episodio que contó Romero. “Santiago García (fundador y director del célebre grupo teatral La Candelaria) me contó que, cuando tenía que regresar a Bogotá después de la filmación, no le habían hecho la reserva para volar. Santiago protestó, pues debía llegar a La Candelaria antes de las seis de la tarde. Le dieron entonces un pasaje que estaba a nombre de un tal “Klaus Kinki”. Así, sin la letra S. García lo tomó para poder montarse en el avión repleto. Cuando Kinski abandonó el rodaje pidió que lo llevaran directamente al aeropuerto. Al llegar le dijeron que no había cupo para viajar a Bogotá. Chilló, escupió y pataleó y exigió recuperar su reserva. García sospechó que venían pasos de animal grande y tomó el toro por los cuernos. Entonces se enfrentó al actor alemán: “vea, gran hijueputa”, le dijo. “A mí no me va a quitar mi cupo, porque yo tengo que volar a Bogotá a trabajar y usted no tiene que hacer un culo allá. Y si cree que usted está loco, pues yo estoy mucho más loco. Y si cree que grita mucho, pues yo grito mucho más. ¡Y no me va a quitar mi puesto, malparido, porque yo me llamo Klaus Kinki!”. Santo remedio. Kinski agachó la cabeza y le tocó esperar en Cali hasta el día siguiente”. Saque usted sus conclusiones. Y recuerde, de paso, que aún no le hemos mencionado sus ataques de ira durante la filmación de Aguirre, los golpes y disparos que dirigió a los extras, las amenazas de muerte entre él y Herzog y el ofrecimiento de un líder indígena de asesinarlo, para que la película pudiera seguirse haciendo en paz. Y esto es solo una parte de una relación de amor-odio que culminó cuando, ya lo dijimos antes, Herzog se negó a filmar Paganini, pues consideró el guion imposible de ser realizado. “Debería partirle la cara. No, debería dejarlo inconsciente a puñetazos. Pero incluso inconscientemente seguiría hablando. Aunque le cortasen las cuerdas vocales, seguiría hablando como un ventrílocuo. Aunque le rajasen la garganta y lo decapitasen, seguirían brotándole vaciedades de la boca, como los gases producidos por una putrefacción interior.”, escribió sobre el director en “Yo necesito amor”. A pesar de esto, se necesitaron tanto mutuamente como alguna vez lo hicieran John Ford y John Wayne o Scorsese y De Niro. Pero hay otros directores que, aunque quisieron trabajar con él, se salvaron de tolerar su irascibilidad. Spielberg, Fellini, Pasolini, Truffaut, Visconti, Ken Russell o Francis Ford Coppola –quien, se dice, lo quería originalmente para interpretar al coronel Kurtz en Apocalypse Now, papel que finalmente haría Marlon Brando- se cuentan entre los directores a los que rechazó. “Creen que con llamarte para que trabajes con ellos ya te están haciendo el honor, pero pagan una mierda”, dijo en alguna entrevista.

El viejo y el mal

“Soy como una bestia con uñas. Si no fuera actor, me habría convertido en asesino o mártir”, escribió en “Yo necesito amor”. Muchos de quienes trabajaron con él imaginan que guardaba muchos cadáveres en su clóset. Aunque falleció repentinamente de un infarto en su casa de Lagunitas, California, el 23 de noviembre de 1991, uno de estos “cadáveres” salió a la luz el 2013, cuando Pola, su hija mayor, publicó su autobiografía, “Palabra de niño”, y reveló que había sufrido abusos sexuales por parte de su padre entre los 5 y los 19 años. “Él me decía que “los padres de todo el mundo hacían eso con sus hijas”. Se sentía por encima de todo y tomaba simplemente lo que se le antojaba”, contó Pola, quien además confesó que creció aterrada por los ataques de ira de su padre. En unas fotos tomadas por Michelle de Rouville a ambos, en los años 70, es evidente que Pola nunca sonríe. En todas parece temerle. A pesar de que tras la publicación del libro su madre dijo que nunca se imaginó que el actor pudiera hacerle algo así a su hija, su hermana, la también actriz Nastassja Kinski, la apoyó públicamente y confesó que aquel monstruo también lo había intentado con ella. “Me alegro de que mi padre esté muerto. Fue siempre un tirano y aterrorizaba a toda la familia.”, dijo la protagonista de filmes como Tess o Paris, Texas. El actor, aun estando muerto, no desmiente sino confirma: en 1975 se publicaron otras memorias suyas, con el título de “Estoy tan loco por tu boca de fresa”, en las que narra sus encuentros sexuales con menores de edad. En 2013, la hija del actor .

“Yo, la ira de Dios, me casaré con mi hija y con ella fundaré la dinastía más pura que haya conocido el hombre”, dice Aguirre. “Morir es cruel para los desprevenidos, pero la muerte no es todo. Es más cruel no poder morir”, dice Nosferatu. “¡Han soltado a la pitón sagrada del templo!, nadie puede pasar”, le dicen en Cobra Verde. Y Cobra Verde –¿Kinski?– responde: “Tonterías. En mi país, yo mismo era una serpiente”.

Muertos estamos, que nadie nos moleste: pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver. (Balada de los ahorcados, Francois Villon)

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